Cuando me sentaba en la barra había magia, aquellos viejos hábitos nunca desaparecen, incluso cuando ya no se me están permitidas las drogas, sentarme ahí, un poco de buena música y nada me detenía. Por que no faltaba nunca la palabra perfecta para entrar en calor con quien sea, había una sensibilidad única que me ponía en ventaja con cualquiera, y podría pensarse que solo me quisiera usar por las buenas propinas que suelo dejar, pero no fue el caso, ella siguió y siguió sirviendo queriendo entrar en mi alma sin saber que yo no tenia una, mientras en un gesto arriesgado me anota su dirección y su horario de salida, cuando ya me sé la historia de memoria.
Debo recordar donde dejé mi cabeza, también mi corazón.
J
