Había quedado totalmente desencajado, con una sensación un poco tonta de optimismo, con una necesidad casi magnética de dirigirme al océano.
Lo comprendí perfecto, ahí estaba la clave. Todo apuntaba a que debía dar otro salto de fé y hacerme a la mar, al amar.
Donde la vida realmente ruge, donde no hay apariencias.

Javier
