
Desperté con una necesidad brutal de teclear, de seguir vomitando palabras que quizás tenían solo sentido para mi.
Me puse a recordar la intensa conversación que había tenido con Matias en mi habitación de aquella casita preciosa en El Arrayán, cuestionando mi cobardía y mi falta de coraje al no buscarte, al no buscarlos. Fue una sacudida de aquellas, yo que justificaba mi distancia con amor y prudencia, yo que me excusaba en no estar listo y orgulloso de mi falta de egoísmo. Me dí cuenta que no era más que cobardía, debería tocar tu puerta una y otra vez, debería forzar la realidad y cruzame una y otra vez por tu camino y seguir de manera frenética escribiendote, mientras miro la luna y pierdo la cabeza.
Días después apareciste y yo que tenía tantas cosas que decir me quedé congelado, hipnotizado por aquellos ojos.
Quisiera otra dosis, asumiendo todas las consecuencias.
Infielmente tuyo,
Javier
