
Tenía una sed de rebeldía que pocos podían imaginar, no podía pensar en mí mismo como un anarquista, porque muchos de mis pensamientos y emociones no sustentaban mayor fundamento.
Sentía un fastidio constante por el status quo, repudio contra la burocracia y las medidas tradicionales.
Intentaba constantemente alejarme de las estupidez de las masas, quizás aquello era lo más contagioso.
Prefería siempre vivir en el límite.
