Se apareció en mi oficina sin previo aviso, subió al tercer piso y preguntó por mi. De elegante traje, total desaliñado (si hasta en eso nos parecemos), el mismo aliento a bourbon barato que tenia cuando lo conocí.
Lo tomé del brazo con seguridad, lo abracé y le miré extrañado, – Hola Pedro, ¿Como estás? – le pregunté. Me pidió que lo acompañará al psiquiatra mientras me relataba que golpeó a un cura dentro de una iglesia.
Fue una caminata fantástica hasta aquel edificio.
Esos son mis amigos
