Seguramente había llegado de surfear, estaba parado en la terraza de aquella casa que me encantaba en Valparaíso, mirando el mar, bajo un cielo de tonalidades moradas y naranjas, aire tibio y una sensación de plenitud que jamás podré olvidar.
Con tu tono de voz siempre dulce, rosando con la niñez: – «¿Por que lloras Javier?». Y me has dado uno de esos abrazos que son inolvidables. Respondí: «Lloro porque soy feliz, porque no necesito nada mas en este momento, porque te amo y mi corazón se desborda»
Me senté en aquel sillón en el que muchas veces dormí, tu recostada en mis piernas y el sobre tu estomago. Les leí aquel libro estúpido sobre un ratón cargado de juegos de palabras que tanto nos gustaba.
A muy corta edad he tenido lo que muchos hombres buscan toda su vida. Javier
